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Independencia alimentaria

El verde no solo es bonito.

No solo es un artículo de decoración hippie chic.

El verde alimenta y, hecho en casa, representa independencia alimentaria.



Los precios de los alimentos a nivel mundial tienden a subir y esto se mantendrá en el tiempo, es decir, cada día serán más costosos. No hay vuelta atrás: los campos de cultivo cada vez son más escasos y empobrecidos, los climas más variables y el agua más cara.

La independencia alimentaria, como su nombre lo dice, es la capacidad de producir de manera autónoma los alimentos que consumimos, es decir, la capacidad de autoabastecerse.

A nivel nacional, el Perú lo logra en casi un 85%. No son malas noticias, esto nos permite manejar a nivel interno la fluctuación de precios y protegernos de las olas de escasez que ocurren a nivel global. Sin embargo, Perú importa, por ejemplo, más del 80% del trigo y soya que consume, al igual que más del 50% de azúcar y maíz amarillo duro. Deberíamos pensar 200 veces antes de usar estos productos, ya que, muy probablemente, son transgénicos y arrastran en su largo camino una huella de carbono densa y pesada. El trigo se utiliza básicamente para el pan y pastas de cada día. Sobre esto podemos decir que una papita de cualquier variedad, yuca o huevo hervido es inmensamente más nutritivo que un pan o plato de pasta hecho con harina de trigo refinada importada.

Sabemos que somos un país megadiverso y nos jactamos de ello ofreciendo nuestra prolífica naturaleza al resto del mundo. Lo que no todos sabemos es que ponemos en riesgo la biodiversidad al exportar alimentos con la filosofía de “mientras más, mejor”. El Perú no demuestra tener una visión clara al respecto, ni un plan para resolver los problemas de desnutrición y acceso a alimentos a nivel local (sobre todo rural), antes de pensar en ser los mayores exportadores de unos cuantos alimentos gourmet para países ricos. Lo que quiere decir que ser grandes exportadores tiene sus pros y sus contras.

Para fines ecológicos, lo ideal sería abastecernos de lo que necesitamos con la producción local. Alimentos diversos, ricos, buenos, orgánicos y baratos para todos los peruanos y el resto de tierras, para que la vida siga su curso. La diversidad es un proceso complejo que toma muchos años (millones), energía y sabiduría de la tierra. Si ocupamos todo con edificios, carreteras, campos de monocultivo, industrias, etc., no permitimos que este proceso siga en marcha y nos convertimos en parte del problema.

A nivel familiar, la independencia alimentaria también es posible. La idea es empezar a producir en nuestros jardines, techos o macetas interiores, los alimentos que resistan las condiciones que podemos ofrecerles y que nos sirvan para asegurarnos, no solo el ahorro, sino también la calidad de alimentos que consuminos en casa.

Además rompemos la cadena de la sensación de ineptitud propia del hombre citadino que se ve incapaz de vincularse con fluidez con lo agreste, con todo lo que no venga listo para abrir, para pelar, para consumir, sin algún esfuerzo de por medio. Saber cómo hacer crecer una zanahoria por haberla observado y ayudado con nuestras propias manos, es una experiencia propia de los sabios ancestros. Quizás nuestros padres y abuelos tuvieron esa experiencia más cercana. Ahora podemos preguntarles por sus paseos por el campo, sus recuerdos de cuando Lima era más chacra que cemento, y podemos también permitirles a nuestros hijos experimentar los procesos de las plantas entre sus manos, para así compartir en casa esta sabiduría antigua y sanadora que restituye el orden natural de las cosas.

El ser humano como parte de un proceso, no como rey-consumidor de todo aquello que pertenece, como insumo, a sus cadenas de producción. La naturaleza entre las manos más que un insumo es una razón de vida: a ella nos debemos, podemos acercarnos a ella un poco más.

Las ferias orgánicas ya tienen más de una década en Lima, cada vez hay más y cada vez es mayor el público que acude a ellas en busca de una alternativa que asegure la calidad de los alimentos que colocamos en las bocas de nuestros niños. Es muy complicado tener información real de los tipos de químicos que pueden traer encima todas esas verduras perfectas, un poco duras, pero brillantes, que encontramos en los supermercados. Los mercados vecinales están en proceso de extinción. Una generación atrás la gran mayoría de citadinos aún acudía a los mercados en busca de las caseras que se encargaban de acercar a nuestras cocinas las delicias producidas por manos expertas en los rincones más lejanos de nuestro maravilloso Perú. Colores, formas, sabores, calidades, precios. todo un mundo para elegir. Hoy es cada vez mas complicado ir a un mercado, si tienes la suerte de tener uno cerca, úsalo.

Hablábamos de independecia alimentaria familiar, ¿Puedes imaginar no tener que comprar apio en el supermercado nunca más? Ahora imagina que no solo es apio, también zanahorias, cebollas, papas. Suena difícil o increíble, pero no lo es.

El tema de la producción alimentaria en casa es considerado por muchos colectivos verdes a nivel mundial como una verdadera revolución, pues no hay nada que desarme mejor un sistema que contamina y explota a la naturaleza que dejar de utilizarlo. Así es como un apacible y plácido domingo entre tus macetitas productoras de perejil y ají amarillo se convierte en una actividad revolucionaria, además de saludable física y mentalmente. Parece ser que, como Gandhi enseñaba, la verdadera revolución, es la paz.

Volviendo a lo estético, ¿imaginas tu casa llena de aromas frescos, colores vivos y verde. verde hermoso por todos lados reformulando tus pensamientos sobre la buena vida, relajándote a ti y a tu familia, dándote preciado oxígeno puro?

Parece una tarea ardua de acometer. Montar una huerta en casa suena a levantar un piso más, a cavar una piscina, a barrer el Estadio nacional. Pero es más fácil de lo que aterradoramente parece. Simplemente se trata de no tirar los restos de las verduras que cortes para la ensalada y colocarlos en una tacita, un envase vacío, lo que sea, y esperar el milagro de ver rebrotar hojas y raíces. Claro está que no todo germina de la misma manera, puedes probar o investigar de qué manera renace cada vegetal. Cuando esto suceda puedes trasplantarlos a una maceta, colocarlas en la ventana de la cocina y darte el gusto de tomar de tu cosecha esa hojita de hierbabuena que hará tu sopa de invierno temprano, maravillosa.

Los seres vivos tenemos energía. La compartimos invariablemente en nuestras interacciones. Con la reducción de la naturaleza en los espacios urbanos, las enfermedades, las migrañas, el estrés, no se hacen esperar. Tener plantas en casa nos restituye un poco de esa carencia de energía vegetal sanadora, rodeándonos de ella y entrando por nuestra boca a nuestro sistema. Demos gracias a la naturaleza por su potencia de vida que no se deja frenar por nuestra humana ceguera y nos sigue abriendo puertas para reconectarnos con ella, nuestra fuente.

Intenta replantar algunos vegetales. Puedes poner un trocito de kion en agua, la base del apio que normalmente botas, alguna hierba aromática que te guste, si ves que retoñan, comparte la idea y ¡que prenda la mecha!

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