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HASTA EL ÚLTIMO DEDO

Hoy, a dos días de que Aurelio tenga 18 meses o un 1 año y medio de nacido, decidí arriesgarme y meterme a la ducha mientras él dormía a media mañana...

Siempre me dio terror y ahora no fue la excepción, pero realmente necesitaba darme una ducha práctica y rápida, no de esas que te permiten resolver cuestiones, crear proyectos o imaginar mundos paralelos mientras el agua te moja los pensamientos, pero una simple ducha de sobrevivencia con puertas abiertas, vértigo de imaginar que se despierta y una velocidad de salida nunca antes alcanzada. Y es que esa misma velocidad ahora la tiene él para descubrir el mundo en dos apoyos. Se va, se sube, se baja, regresa, se va de nuevo. Lo imaginaba despertando, saliendo del mosquitero, traspasando la barrera de almohadas que hay entre su cuna, a la que le quitamos un lado de baranda, y nuestra cama grande. Sí, Aurelio duerme con nosotras, hacemos colecho y está siendo una experiencia deliciosa que de momento no tiene fin porque además conseguimos dormir bien l@s tres. Bueno, lo imaginaba así de veloz bajando de la cama y colocando sus pies en el suelo, pero también venían imágenes terribles de Aurelio tirado en el piso llorando. Cuando apagué la ducha el silencio en la casa me daba las respuestas que quería: Aurelio dormía feliz y yo había podido no solo bañarme sino también pasarme un aceite en las piernas y masajearme un poco los brazos cansados.

Esta nueva fase a la que hemos entrado hace casi un mes es tan agotadora como maravillosa, física y emocionalmente intensa por los ojos que hay que multiplicar y los mil brazos invisibles que hay que inventar para intentar evitar algunos accidentes.

Nunca pensé que me marcaría tanto el día en que Aurelio comenzara a caminar, el día en que soltó mi último dedo al que se agarraba con fuerza y seguridad. Mi dedo, su puerto seguro, sus miedos, su no querer irse lejos.

Sabemos que cada etapa del desarrollo motor de los bebés tiene rangos de tiempo que establecen hasta qué momento o entre qué meses las cosas andan a su ritmo “normal”, pasado ese tiempo “normal”, te sugieren ver al doctor o una misma se preocupa y hace lo necesario si es que siente que algo no anda bien. Ese sentir se llama intuición y cada día estoy más convencida de que hay que seguirla a paso firme y oídos casi sordos para el resto de mundo.

Desde siempre supe que quería ser mamá. El cómo, cuándo y con quién o sin quién era secundario y el tiempo se encargaría de llevarme hasta esas respuestas. Yo quería ser madre, quería parir, dar teta a demanda, criar a mi hijx los primeros años a tiempo completo y escuchar y observar sus necesidades, descubrimientos y avances y creo que lo estamos haciendo bien. Quería practicar el movimiento libre sin necesariamente aplicar una técnica, no quería ser invasiva ni estimularlo tempranamente ni llenarlo de actividades. Quería que Aurelio sea y sea feliz en ese dejarlo ser, pero siempre acompañando y observando es que comencé a sentir tensión y presión que venían de fuera, demasiadas opiniones y demasiadas preguntas, pero poca o muy poca confianza en el instinto y en lo que significa ser una mamá primeriza en esta sociedad de consumo y de prisa.

Aurelio siempre descubrió nuevas posturas, por así decirlo, más “tarde” que la mayoría de bebés de su edad. Yo como su mamá no veía urgencia porque siempre estaba activo y explorado a su ritmo, que era “otro” ritmo. Viví y celebré con una emoción inexplicable cada nuevo paso. Cuando se sentó solo, cuando en vez de gatear se arrastraba velozmente hasta que cumplió 1 año y entonces decidió apoyar las rodillas y gatear, cuando comenzó a pararse agarrado de muebles, paredes o piernas.

Todo este proceso así como delicioso también tuvo su enorme cuota de tensión porque “ya debería sentarse solo”, “masajéale las rodillas para que gatee”, “ya debería estar gateando”, “le falta fuerza en las piernas”, etc.

Llegó un momento en que nosotras como mamás (Aurelio tiene dos mamás) nos preocupamos y sentimos que algo habíamos hecho mal. La presión social, las preguntas tontas y los comentarios desatinados de cada día, la prisa por llegar en vez de vivir el proceso, la necesidad de mostrar los logros y pedirle que los repita una y otra vez. Ese no es el camino amoroso y respetado que nosotras buscamos.

Si tú me pides que te de la mano nunca te la podría negar. Y así se nos pasó el verano, caminando de la mano porque nos lo pedías, lo necesitabas para dar el paso de soltarte y de soltarme. Parece que mientras más natural, amorosa y con respeto nuestra forma de criar, más son los impedimentos y miradas de desconfianza y desaprobación. Me pregunto ¿por qué tanta rigidez desde tan temprano? Con 1año y 5meses cumplidos nuestra intuición sufrió el impacto de afuera y entonces pedimos una consulta con un especialista. Sí. Dos días antes de la consulta era un domingo de pascua y fuimos al parque como siempre.

Pero esta vez, y de un momento a otro que no sé como explicar, mi dedo se quedó sin la compañía de tu mano. Me soltaste y anduviste por todo el jardín dando vueltas hasta que caíste y te levantaste y volviste a andar sin parar. Esa fue tu respuesta, tu sabia respuesta a nuestros miedos que a veces nublan la paciencia y nos obstruyen.

Algo muy lindo que escuchamos, lo único en este proceso, fue que tal vez no quería caminar porque eso implicaba independencia. Hoy a 25 días de andar solo, pide teta y toma como un bebé chiquitito. No importan las razones, hoy sé que decidirse a andar es un gran paso que va más allá de lo meramente físico.

Nos reímos mucho imaginándote llegando al doctor caminando, nos sentimos tontas, nos abrazamos y cancelamos la cita.

Ese día lloré de emoción y melancolía porque no solo soltaste mi último dedo, solté el eco de muchas voces, soltaste mis miedos, volvió la intuición. Pero también sentí el inicio de una cierta separación, no hay vuelta atrás y qué lindo y qué duro pero qué lindo, porque la vida te espera con el amor, la libertad y la luz que tú mismo trajiste desde el día en que supimos que crecías en mi cuerpo. Sin duda será mi más grande ejercicio de desapego, dejarte ir hasta que el último dedo nos separe...y nos vuelva a juntar. Gracias por el amor desbordante infinito, intenso y calmo que es ser tu mamá, Aurelio.

Por: Sandra Bonomini

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